¿La fotografía digital puede ser original?

Arte, copia y producción en serie Me pregunto si la fotografía autoral alcanzará algún día valores comparables a los de las obras de artistas vivos en otras disciplinas. Me cuesta imaginar que una fotografía digital, incluso una tomada a una bruja de Catemaco, pueda llegar a costar diez mil dólares o más. El primer obstáculo…

Arte, copia y producción en serie

Me pregunto si la fotografía autoral alcanzará algún día valores comparables a los de las obras de artistas vivos en otras disciplinas. Me cuesta imaginar que una fotografía digital, incluso una tomada a una bruja de Catemaco, pueda llegar a costar diez mil dólares o más.

El primer obstáculo ya lo formuló hace varias décadas Walter Benjamin. La fotografía es reproducible y, por lo tanto, no es una pieza única. De esa bruja de Catemaco, fotografiada por José Luis Cuevas, pueden existir tantas impresiones como la tecnología, las tintas y el papel lo permitan. Basta con conservar el archivo digital y llevarlo a un laboratorio de impresión.

En cambio, solo hay una Mona Lisa y solo hay un lugar donde puede estar: el Museo del Louvre. Para verla, tengo que ir hasta París. La pintura impone una geografía. La fotografía digital no. Puede haber múltiples impresiones idénticas, sin variaciones visibles. Podría llamarlas clones.

Aunque no estoy seguro de que sean clones, tampoco son algo que tengamos completamente nombrado. Empiezo por pensar que podría llamar “original” a todas esas copias. Copias originales. Pero ahí aparece la paradoja: si es copia, no puede ser original. Y si es original, no puede ser copia.

Casi siempre llamamos original a lo que es origen y a lo que es irrepetible. Ninguna de esas condiciones aplica con facilidad a la fotografía digital. Una impresión no es el original. ¿Lo es el archivo digital? Tampoco estoy convencido. La impresión no es exactamente una copia; es más bien una interpretación del archivo. Cambian el papel, las tintas, la calibración, el tamaño. Cada decisión técnica desplaza ligeramente la imagen.

Pienso en Vincent van Gogh. Cuando vendía un cuadro, lo entregaba y se desprendía de él. Renunciaba a poseerlo. Sabía que ya no podría mirarlo cuando quisiera. Había una pérdida concreta.

En la fotografía digital no ocurre lo mismo. Cuando un autor vende una impresión, no pierde acceso a su obra. Puede abrir el archivo en su computadora y verla en la pantalla. Incluso puede imprimirla de nuevo para sí mismo. La obra no se va del todo. Nunca termina de irse.

Si sigo a Benjamin, la fotografía pertenece a la producción en serie. En ese sentido se parece más a la literatura que a la pintura: los escritores obtienen ingresos vendiendo múltiples copias de un manuscrito original. Mientras más ejemplares circulan, mayor es la posibilidad de generar valor.

De aquí surgen debates que van desde cuestionar si la fotografía es realmente arte, hasta discutir si depende necesariamente de una máquina compleja como la cámara. A mí estos debates me interesan porque me obligan a preguntarme por qué sí y por qué no la fotografía es arte. Y, sobre todo, cuál es la forma más pertinente de pensar su circulación y su comercialización hoy.

La fotografía parece moverse en una zona incómoda: no es única, pero tampoco es simplemente una copia. No es irrepetible, pero cada materialización introduce una variación. Quizá su condición no sea la de la originalidad tradicional, sino la de la multiplicidad controlada.

Y ahí, precisamente ahí, es donde empieza el problema… y también su potencia.

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